Las elecciones de 2000 encuentran su narrador:
Reseña de DOUGLAS KELLNER, 'GRAND THEFT 2000' ('Gran Fraude 2000')

por Christopher Rollason, Ph.D. (rollason@9online.fr)
Traducción española realizada por Leandro Fanzone


'Grand Theft 2000: Media Spectacle and a Stolen Election' ('Gran Fraude 2000: Espectáculo Mediático y una Elección Robada'), por Douglas Kellner
(Lanham, Maryland: Rowman and Littlefield, 2001: http://www.rowmanlittlefield.com)
ISBN 0-7425-2103-6, tapa blanda, xxi + 242 páginas, precio aproximado en euros: 29.38, no traducido al español hasta la fecha.

Dado que la amnesia histórica es uno de los fenómenos más desafortunados de nuestro tiempo, aquellos con recuerdos truncos pueden ya haber olvidado la saga en blanco y negro de las elecciones de 2000 de Estados Unidos, con su parafernalia de jubiladas máquinas de votación y tarjetas perforadas (hanging, dimpled and pregnant chad), sin tener en cuenta el bizarro espectáculo de la única superpotencia del planeta proyectando una rocambolesca imagen de república bananera. Inmediatamente hace falta agregar que, menos de un año después, terciaron los trágicos eventos del 11 de Septiembre, poniendo a la presidencia Bush bajo otra luz. Sin embargo, algunos aún creen que nada que haya sucedido después, por más asombroso que sea, puede en verdad borrar la importancia de la decisión de la Corte Suprema de Estados Unidos del 12 de Diciembre de 2000; y para aquellos que siguen pensando así, el libro de Douglas Kellner, publicado en 2001 y evidentemente completado antes del 11 de Septiembre (al cual no se hace referencia), puede ser considerado con justicia lectura esencial. Este libro no parece ser tan conocido como debería, y por lo tanto me siento justificado en darle un examen detallado en esta reseña.

Douglas Kellner, catedrático de filosofía de la educación en la UCLA (University of California at Los Angeles), lleva detrás una larga lista de publicaciones,  en el campo (entre otros) de los estudios mediáticos. Subraya que él no escribe como un "partidario de los demócratas", sino más bien como un defensor de los "movimientos sociales progresistas" (181n). No obstante, el tono de su libro está lejos de ser desapasionado. Un hondo disgusto vehementemente expresado contra el republicanismo de derecha patentado por Bush-Cheney es evidente en cada página; al mismo tiempo, Kellner coloca una serie espeluznante de evidencias para reforzar la posición de que esta particular ideología, y las fuerzas sociales que están detrás de ella, no son confiables (por lo menos) para estar al timón de la nación. En efecto, cualquier lector no casado con las causas gemelas del fundamentalismo cristiano y del libre mercado, puede concluir razonablemente a partir de este libro que hay excelentes justificaciones intelectuales y políticas para admitir un cierto grado de parcialidad contra el clan Bush y sus amiguetes.

Si dejamos a un lado la cuestión del punto de vista, descubrimos que la gran virtud de este estudio es que monta los hechos del caso en un coherente orden secuencial y los respalda con un detallado análisis contextual. Una cronología formal (no incluida) hubiera sido útil como apéndice, pero Kellner tiene un fuerte sentido narrativo, y despliega la pesarosa historia de un modo claro y lúcido, aunque con alguna repetición. El texto, lamentablemente, no ha sido revisado y corregido tan rigurosamente como habría hecho falta, y el flujo de la comunicación a veces es estropeado por oraciones mal construidas o errores tipográficos. El mensaje fundamental, sin embargo, llega bien claro: las elecciones del año 2000, en su proceder y desenlace, marcan una seria crisis de legitimación para la democracia estadounidense.

Pueden recordarse aquí unos pocos hechos básicos. El 51% de los votantes habilitados tomó parte en la elección (este número no importa el 51% de la población adulta, sin embargo, gracias al gran número de presos, más los otros grupos que han sido privados del derecho al voto: los ex-presos que, en algunos estados, mayormente sureños, viven despojados de sus derechos civiles). Al Gore ganó el voto popular con una mayoría que Kellner computa en 540,435 (174), y las fuentes oficiales en 543,895 (en cualquier caso, el margen de Gore fue ¡algo más que la población de Luxemburgo!). En términos porcentuales, Gore alcanzó el 48.38%, comparado al 47.87% de su rival. George W. Bush fue elegido presidente por el Colegio Electoral por 271 (50.4%) votos contra 266 (49.4%; el único elector enviado por Gore en el distrito de Columbia se abstuvo), luego de que el acaloradamente disputado estado de Florida le fuera adjudicado (gracias a la Corte Suprema de Estados Unidos) por un margen delgado como una oblea de 537 votos (48.85% a 48.84%, o una diferencia de un centésimo por ciento). Esta fue una de las elecciones presidenciales más reñidas de la historia de Estados Unidos. Sólo tres veces antes, todas durante el siglo XIX, hubo un candidato que ganó pluralidad en el voto popular y fue otro el que triunfó en el Colegio Electoral (el caso más dramático fue el duelo en 1877 entre el demócrata Samuel Tilden y el eventual ganador, el republicano Rutherford Hayes, en una elección en la que, irónicamente, Florida estuvo entre los estados disputados); curiosamente, Kellner opta por no mencionar ninguno de estos precedentes. Un siglo y cuarto más tarde, la competencia entre un demócrata abiertamente liberal que había sido el vicepresidente de Bill Clinton y un republicano abrasivamente de derecha produjo una polarización social y geográfica de la sociedad estadounidense sin precedentes. En palabras de Kellner, "los Estados Unidos estaban hondamente divididos por líneas de género, de raza, de clase, líneas regionales, religiosas e ideológicas... entre norteños y sureños, los que vivían en la ciudad y los que vivían en el campo, los que estaban a favor del aborto y los que estaban en contra, ... laicos y religiosos, negros y blancos, ricos y pobres" (25-26). La polarización fue evidente en el mapa político, con Gore quedándose prácticamente con todo el noreste y toda la costa oeste, mientras que Bush barrió triunfantemente a lo largo del sur y el medio oeste. En semejante contexto, la afirmación del candidato de la tercera fuerza, Ralph Nader, de que la elección entre los dos partidos principales fue un mero optar entre dos alternativas casi idénticas (“Tweedledum and Tweedledee”) está condenada a parecer insustancial. Es claro que, cuando se votó el 7 de Noviembre de 2000, los ciudadanos de los Estados Unidos estaban eligiendo entre dos visiones del mundo opuestas e irreconciliables. La pregunta aún abierta es si la visión del mundo que se tenía en la persona del nuevo presidente electo fue la elegida en efecto por el país, aún bajo las reglas de juego establecidas.

Kellner cree que, dada la evidencia, Al Gore habría casi con certeza ganado Florida y la presidencia, si el recuento de ese estado hubiera sido permitido y todos los votos dudosos (overvotes and undervotes) hubieran sido tenidos en cuenta (205). Reconoce que su visión sigue siendo contenciosa y que nadie puede estar 100% seguro de quién realmente se llevó el Sunshine State (Estado Soleado), pero, hecha esta concesión, es inflexible en que el rechazo de la Corte Suprema de Estados Unidos a sancionar el recuento de Florida equivalió a un cortocircuito arbitrario y prematuro del proceso democrático, y por lo tanto, el atraco de la presidencia por y para el GOP (Grand Old Party, o partido republicano). Para decirlo sin rodeos, Kellner cree que "la presidencia fue robada" (xv).

Nadie puede dudar que bajo la Constitución de los Estados Unidos tal como es hoy, el elegido por el Colegio Electoral es el presidente legítimo, dando por sentado que cada delegación estatal al Colegio está constituida siguiendo el voto libre y justo. El sistema del Colegio Electoral, como argumenta Kellner, puede ser una reliquia del siglo XVIII "altamente anacrónica y peligrosamente poco democrática" que debería ser o reexaminada o abolida, pero, como él señala, hacer tal cosa requeriría una enmienda constitucional que necesitaría la aprobación de dos tercios de los estados y dos tercios de mayoría en ambas Cámaras (160). Esto obviamente no va a suceder de aquí al 2004. Kellner recuerda, sin embargo, que todos los senadores fueron indirectamente elegidos hasta 1913, cuando la Enmienda XVII a la Constitución introdujo elecciones directas (ibid.), y también proporciona la interesante información de que si la cantidad de bancas del Colegio fuera estrictamente proporcional a la población (en efecto, cada estado obtiene como mínimo dos y sólo luego de esto se toma en cuenta su población), Al Gore sería hoy presidente (180-181n). También nota que sólo dos estados, Maine y Nebraska (162), envían una lista "mixta" de electores reflejando los votos logrados por ambos partidos (los otros 48 y el distrito de Columbia utilizaron el método "el ganador se lleva todo"). Parece plausible en teoría, en vez de abolir categóricamente el Colegio Electoral, reformarlo para que refleje con más fidelidad el voto popular. Estas posibilidades de cambio, que Kellner considera más bien escuetamente, podrían haber sido examinadas más de cerca.

El drama visible de las elecciones de 2000 subyació en todas partes, en las irregularidades que marcaron la campaña y la votación en Florida, y los ardides legales y políticos como consecuencia de los votos disputados en ese estado, que sólo fueron llevados a un fin por la sentencia altamente contenciosa de la Corte Suprema que abortó el recuento en Florida el 12 de Diciembre. Kellner proporciona una narrativa fascinante, si bien inquietante, de la saga del recuento, aplicando sin piedad el escalpelo a las estratagemas y argucias del establishment republicano local. Su informe está por cierto obligado a refutar la visión expresada en algunos círculos de derecha de que los demócratas fueron "tan corruptos" en todo este asunto como el GOP. La realidad es que simplemente los demócratas tuvieron muy poca oportunidad de jugar trucos sucios, lo hayan querido o no, ya que fueron los republicanos quienes controlaron el aparato estatal en Florida, a través del gobernador Jeb Bush, hermano del candidato republicano, y la secretaria de estado Katherine Harris. Fueron Jeb Bush y Harris quienes planearon la conspicua purga preelectoral de la lista de votantes para privar del voto a muchos ciudadanos (la mayoría afroamericanos), habilitados pero erróneamente estigmatizados como "ex-presos" (170); fue nuevamente Jeb quien bloqueó un proyecto de ley de educación al votante, antes de las elecciones; y fue el aparato republicano de Miami el que trajo a los manifestantes cuya acción directa (ilegal) crucialmente trabó el recuento en el condado de Miami-Dade. Mientras tanto, a pesar de la rendición (prematura y luego retractada) de Gore, fue (como Kellner señala) no la malicia demócrata sino la ley de Florida la que demandó los recuentos iniciales en los condados en disputa (28n). Kellner ciertamente admite que la campaña de Gore cometió una serie de errores tácticos (168). Fue notoriamente insensato de parte de los demócratas pedir el descarte de los votos ausentes cuestionados cuando a la vez exigían que todos los votos locales de índole dudosa (overvotes and undervotes) fueran tomados en cuenta. Pero fueron, al final de la jornada, los republicanos quienes controlaron el poder legislativo y ejecutivo en Florida (el poder judicial, en contraste, mostró una admirable independencia), y fueron ellos quienes abusaron de esa situación.

El abuso de poder no sucedió solamente a nivel estatal, y fue finalmente la misma Corte Suprema de Estados Unidos quien, en una sentencia de 5 contra 4, predominó sobre la Corte Suprema de Florida, le dio el tiro de gracia al recuento, e instaló a Bush hijo en la Casa Blanca por orden judicial. Kellner se reserva su más encarnizado sarcasmo para la mayoría conservadora en la Corte, quien invocó la garantía constitucional de la "protección igualitaria" para asegurarse que algunos votos de los ciudadanos nunca sean contados, y quien suspendió el recuento de todo el estado de Florida sólo para declarar unos pocos días más tarde que no podría llevarse a cabo por falta de tiempo. La cáustica retórica sin pelos en la lengua de Kellner es discutiblemente exagerada a nivel personal (como cuando llama a las cinco jueces conservadores "la Pandilla de los Cinco" - 103, o "los Supremos Partidarios" - 147); pero este léxico abrasivo no debería ir en desmedro de su conciencia de que las actitudes mostradas por individuos conservadores, sean políticos, jueces o gurúes de los medios, son sintomáticos de un malestar más amplio que es colectivo por naturaleza.

Hoy por hoy, argumenta Kellner, el establishment republicano, tendencia derecha dura, cree que tiene algún tipo de derecho divino a gobernar, y, desde el momento en que tiene el poder a la vista, no se detiene por nada hasta asegurarse ese poder para sí, sea por las buenas o las malas. En su punto de vista, esta gente para la cual "el fin justifica los medios" (142) no son conservadores tradicionales, sino especímenes de una raza más brutal y ruin: "desde el principio los oficiales del entorno de Bush han asumido que iban a ganar las elecciones, que habían efectivamente ganado en la noche de las elecciones, y que cualquiera que disputara su derecho a tomar el poder iba a ser aplastado. En el clan Bush siempre han asumido que habían nacido para gobernar, que las elecciones eran suyas por privilegio familiar, y que cualquier cosa que hicieran para llegar a ese fin estaba justificada" (144-145). Esta es la mentalidad del tenaz ultraconservador que da apoyo verbal a los derechos democráticos, pero, apenas debajo de la superficie civilizada, en verdad cree que los discursos opositores no tienen derecho a existir y que cualquiera que los articule merece ser eliminado. Kellner concluye que ese "mismo conservadurismo en la era Reagan/Bush/Bush hijo se ha convertido en una mera ideología de poder político e interés partidario" (143). Ese revanchismo mostrado por las fuerzas de reacción contra Bill Clinton durante su presidencia, que se manifestó en la casi exitosa puja por la recusación y en la paralela demonización de la pareja Clinton como ejemplares nefastos del "liberalismo de los 60", debería, por supuesto, aportar una motivación específica e inmediata para la implacable y despiadada actitud del ámbito conservador en la campaña del año 2000; pero si vamos más allá de individuos y circunstancias particulares, Kellner parece haber identificado una muy profunda veta ultra autoritaria en el seno de la Nueva Derecha.

Volviéndose hacia la sociedad estadounidense como un todo, Douglas Kellner ve un malestar aún más profundo. Señalando la contradicción entre los recursos extraordinarios creados por la Era de la Información y la enorme ignorancia y desinformación de gran parte de la población de Estados Unidos, castiga el rol de los principales medios de comunicación en las elecciones del año 2000. El cree que, alrededor de la campaña y a través de toda la saga de Florida, el grueso de la prensa y prácticamente toda la televisión (sólo CNN es parcialmente absuelto) operaron con una parcialidad clara y visible a favor de Bush, mientras que al mismo tiempo no suministraban la información detallada que hubiera permitido a los ciudadanos formar sus propias opiniones. Kellner respalda su reclamo con una profusión de detalles, al tiempo que agrega que, pese al sesgo mediático, un abanico mucho más amplio de perspectivas e información *estaba* disponible en Internet, deplorando el hecho de que sólo una minoría de los que eran "honorables y alfabetizados" (129) hicieran uso de esas fuentes alternativas. Es claro que, según el punto de vista del autor, sólo una conciencia mucho más amplia de parte del votante podría resolver la crisis de la democracia estadounidense, y que él cree que para este propósito Internet es mucho más útil como medio que la televisión. El lector lo encuentra por lo tanto lamentándose acerca de un "fracaso de la educación y la cultura de los Estados Unidos" más amplio, y aquí la crítica de Kellner de lo que él llama una "aterrorizante regresión social" (124) tañe junto a la de otros intelectuales disidentes, desde Morris Berman a Harold Bloom. Su prescripción es un mejoramiento de la educación política, pero, aparte de algunas breves referencias al rol de los estudios mediáticos, no dice gran cosa sobre lo que debería hacerse, o cómo se podría utilizar el poder de Internet para tal fin. Kellner también toca otros dilemas sociales relacionados con la debacle de las elecciones. Deplora la condición escandalosa de las máquinas de votación en ciertos condados menos favorecidos de Florida, y pide reexaminar a todos los niveles la tecnología de votación; no se detiene, sin embargo, a preguntar si este problema podría no reflejar la cuestión más amplia de servicios públicos hambrientos de recursos en una era de triunfalismo de mercado libre. Comenta también brevemente sobre la privación del derecho de voto a criminales y ex-criminales de estados como Florida (un aspecto de la ley de elecciones en los Estados Unidos que desde afuera no se conocía demasiado hasta estas elecciones) y propone un "debate nacional" sobre el tema (159); no señala, sin embargo, la posibilidad de que esta práctica podría, como el recurso al criterio de propiedad luego de la Guerra Civil, ser una estratagema urdida por la clase dirigente blanca del sur de Estados Unidos para privar de sus derechos a una porción significativa de afroamericanos (quienes continúan, en líneas generales, más pobres que los blancos, con menos posibilidades de costearse abogados decentes y más propensos a ser abusados por el sistema de justicia criminal).

La gran pregunta sin respuesta que se hizo presente en las elecciones de 2000 es si se intentará seriamente enfrentar las graves inoperancias expuestas en el funcionamiento práctico de la democracia estadounidense. En palabras de Kellner, estos eventos "invitaron al mundo a una deslumbrante muestra de las fallas del sistema de votación en Estados Unidos" (153); si su análisis de la presidencia actual es correcto, sin embargo, cualquier cambio, por el momento, parece altamente improbable. Aún así, sólo el tiempo dirá si el modelo de mercado libre extremo que han adoptado los líderes actuales de Estados Unidos es compatible a largo plazo con una genuina democracia participativa. Mientras tanto, el estudio de Kellner, pese a las repetidas estridencias de su invectiva y algunos lapsos evitables en la presentación, tiene el gran mérito de modelar una enmarañada telaraña de eventos dentro de una narrativa coherente y apremiante. Cuando llegue el tiempo de escribir una narrativa análogamente coherente de la presidencia de Bush II, desde las elecciones de 2000, pasando por el 11 de Septiembre hasta cualquier cosa que el futuro depare, este libro sugiere que Douglas Kellner puede ser uno de los pocos analistas dignos de tal empresa.

Nota: Esta reseña fue publicada en los grupos de Usenet alt.politics y rec.arts.books el 23 de Agosto de 2002. El sitio de Douglas Kellner se encuentra en: http://www.gseis.ucla.edu/faculty/kellner/kellner.html

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